La cosmovisión de Nietzsche analizada en el siglo XXI
26-Mayo-2009
Gerardo Martínez Cristerna

 

Amor Fati: la insurrección de los saberes
 Gerardo Martínez Cristerna
 
Lo que nos puede mantener con vida es precisamente el amor a ésta, al destino incierto de cada uno de nosotros y del ente en su totalidad, el cosmos. Amor Fati encierra la propuesta de un vigente paradigma de conocimiento para enfrentar los retos del futuro, que deconstruye toda pretensión de dominio del otro, ante el reconocimiento del devenir como amor al destino.[1]  
 
El amor al devenir, como ente en su totalidad, es el amor a la esencia de lo que es como la posibilidad suprema de su ser, no como una fatalidad arbitraria, abandonada a sí misma, sino como la eternidad de la plenitud del devenir, como explica Heidegger.[2]
 
Más allá de “mí” y de “ti”[3], el conocimiento del devenir nos mesura la vida y nos permite afrontar la incertidumbre del mundo eternamente movible, como destino, donde el pequeño yo se fusiona con el organismo total del universo, para decir sí a la vida acompañado de la alegría, de la risa, dejando a un lado toda seguridad anhelada, que no puede ser concebida por el cosmos y que nos pone en alerta para encontrar las formas de interpretar el destino en devenir que conlleva la vida de cada uno de nosotros.
 
El amor al destino es la grandeza en el hombre, y la fórmula de Nietzsche para expresar esa grandeza es el amor FATI: aceptar al devenir como destino y no querer que sea diferente, ni en el pasado, ni en el futuro, ni en toda la eternidad.
 
Estamos encadenados y al mismo tiempo, desencadenados en el devenir que se entreteje como nuestra realidad. Es difícil expresarla a través del lenguaje, porque actúa y no conoce lo que actúa con ella.[4] La ciencia en estos tiempos se convierte no sólo en una reflexión sobre los métodos, sino también en una forma de esclarecimiento de la ciencia misma y del mundo de la vida[5] ante la impronta de ver todo conocimiento –incluido el científico– con el paradigma de la insurrección de los saberes como devenir. El mundo de la vida no es sólo de ella; se conjugan otros mundos entre los cuales están el de la ciencia y el de la no ciencia; en el de la primera podemos encontrar la física, la química, la biología y en el segundo las esferas culturales como la religión, la política, la economía, el arte, la ética. Entre todos estos saberes científicos y no científicos, la filosofía se considera como ciencia o más bien, “constituye una forma de expresión creadora y artística de la vida”[6], pero en conjunto, todo sólo se puede concebir como devenir.
 
El cosmos tiene como pathos el sufrimiento existencial del movimiento de todas las cosas, o sea, el devenir como fuerza creadora. Heráclito, el filósofo del cambio o del devenir, nos señaló el rumbo. El devenir se convierte en el uno, para entender de qué modo las cosas se encaminan a través de todo, fluyendo en perpetuo movimiento, expandiendo el cosmos, de la misma manera en que somos conscientes en cada instante en la vida del ser humano.
 
De qué forma equivocada lo rechazamos a pesar de aceptar de alguna u otra forma el mundo sensible que padecemos y que hemos querido desconocer, aferrándonos a través de los siglos a asumir el pensamiento de Parménides, el filósofo del ser, que ha pretendido la inmovilidad como garante de la existencia y seguridad de la vida.
 
En su misticismo, Platón logró trasladar la incertidumbre frente a la naturaleza que tenían nuestros antepasados, hacia falsas seguridades como los conceptos generales abstractos: el alma del pueblo, la nación, la clase, el espíritu objetivo, la ley de la historia, Dios; todas esas grandes verdades que han vivido múltiples generaciones[7] pero que desde la muerte de Dios se perfilan hacia la aceptación del paradigma del devenir como conocimiento, donde la incertidumbre no se presenta en forma caótica –extremo en el que no existiría nada y el nihilismo sería absoluto–, sino como un devenir azaroso, pudiéndose mesurar por el pensamiento capaz de describir la realidad.
 
La fuerza implícita en el devenir se torna creativa, azarosa en lo general, ausente de finalidad, con excepción del pensamiento, cuyo poder intrínseco puede describir al mundo pero no lo puede contradecir, por la ausencia de una causa eficiente definida; de ahí los intentos por desconocer al devenir y al azar y buscar la certeza, la seguridad, lo abstracto; de creer, siguiendo a Aristóteles, que el cielo obedece a movimientos más regulares que ninguna de las cosas de la tierra, que no puede ser producido por acontecimientos azarosos. Para el filósofo estagirita el azar no tiene lugar en los cielos sino sólo en las cosas terrestres y especialmente en los acontecimientos humanos, contradiciendo a Demócrito que manifestó que el azar se refiere únicamente a la “necesidad ciega”, o visto de otra manera, a la fortuna. La suerte o fortuna –lo mismo que el azar– no es fundamento irracional de los acontecimientos, si no, como ha escrito Aristóteles, “privación”: la suerte es una privación del arte, y el azar es una privación de la naturaleza.[8] Lo mismo expresa el mejor lector de Aristóteles, Santo Tomás: “Fortuna et casus sunt quasi defectos et privaciones naturae et artis”.[9]
 
El destino frente al devenir da fortuna a cada cosa o persona, en un encadenamiento cósmico azaroso, mas no caótico, donde la identidad es un ser en el tiempo, en unión con el ente en su totalidad o cosmos. Bergson señala que el azar es la idea que tenemos de una situación, por tanto, no puede entenderse la idea de lo azaroso sin nuestra actitud “expectante”, por lo que azar e intención se oponen a lo mecánico.
 
Ante la realidad en devenir, Nietzsche ya preveía en el siglo XIX que el mundo del conocimiento que se percibía como sólido, se colapsaría ante un nuevo mundo inseguro, ilusorio, en un océano en perpetuo movimiento, para enfrentarnos a un nuevo paradigma de conocimiento que nos mostraría nuestra conciencia. Pero ¿hacia dónde nos dirigimos si el destino es incierto en el devenir? ¿Cómo sería una transvaloración de todos los valores si no existe una guía dentro del caudal del río de Heráclito y del ridículo de la noción del “proceso del mundo” o de los excesos del sentir histórico? (Nietzsche consideraba ridículo, una broma, que nos interesemos por encontrar una finalidad del “mundo” o de la “humanidad”[10]).
 
Los filósofos que Nietzsche esperaba que surgieran con el tiempo, sugerirían que el amor Fati lo asumiéramos por medio del pensamiento, como un nihilismo responsable, que tuviera como principio la Vida y ésta fuera la causa de nuestros desvelos, para engrandecerla por medio de darle sentido con la tierra y con el ente en su totalidad, para que los instintos se pudieran expresar, pero no de forma caótica sino mesurada por medio del poder del pensamiento. “Si la vida es la única opción válida, porque sólo en la entrega total a la vida y a sus padecimientos nos podemos plantear una responsabilidad para con el todo en que somos partícipes”.[11] El nihilismo pasivo, la décadence como decía Nietzsche, lo tenemos que transvalorar, los laicos o religiosos, creyentes y no creyentes, afirmadores de verdades absolutas y relativistas, ante la crisis de la modernidad y de la historia en general, al estar desarticulados los valores que trataron de dar guía a la ignorancia humana, porque advertimos con más fuerza las heridas profundas que nos hemos causado por no haber conocido el amor Fati[12].
 
Amor Fati nos hace reconocer que los hombres del pasado veían hacia el futuro con optimismo, a pesar de las limitaciones de conocimiento, sin respuesta a las preguntas fundamentales. Se debe reconocer el deseo de lidiar con la vida, con la esperanza de que lo justo está por venir, adelante; de que la felicidad se oculta detrás de la montaña a la que se está aproximando[13] y lo que está a la vista sólo puede ser nuestra responsabilidad con él todo. A pesar de todo, siempre hemos estado en la búsqueda de la liberación de las ataduras que no concuerdan con nuestro destino en devenir, en busca de la felicidad; quizá no la nuestra, sino a menudo, la de un pueblo o la de la humanidad entera.[14]
 
Al buscar un mundo diferente al sensible, como verdadero, muchos filósofos han dado la espalda a la noción misma del devenir y en consecuencia, han generado un rechazo a las posibilidades de la vida y del pensamiento producido por ella. La filosofía anterior –con excepción de Heráclito y de los nuevos filósofos comprometidos con el devenir– ha sido obra del resentimiento, de concepciones eruditas que van más allá de la realidad que nos proporcionan nuestros sentidos[15]. En términos de Goethe, la realidad es “un mar eterno, un tejer cambiante, un vivir ardiente”, convirtiendo al hombre y a la mujer en autores de la historia de su vida por medio del pensamiento y de la aceptación del amor al propio destino concebido como amor fati[16]. Se pregunta Nietzsche: “¿Qué es el amor sino comprender y alegrarse de que otro viva, actúe y sienta de manera diferente y opuesta a la nuestra?”[17]. U otra identidad dentro del ente en su totalidad o cosmos que sea parte integral del mismo y que nos complemente.
 
Esa otra realidad más allá de la física (concebida ésta como el estudio del devenir) ha sido considerada como necesaria para el hombre y para la mujer, y ha sido mal nombrada metafísica, a la que Kant en su Crítica de la razón pura describe como la “disposición natural inevitable y necesaria” en el hombre, un mundo que sobrepasa al original. Y de nuevo Nietzsche: “Ahora, la esencia del mundo debe expresarse simbólicamente; se necesita un nuevo mundo simbólico”[18] en contra de la filosofía que ama al destino como devenir y que no se ha convertido en religión o en regla de acción porque el filósofo se ha equivocado a la luz del día.[19] Ante eso, no sólo filosofamos porque queremos salir de nuestra ignorancia, sino –y sobre todo– porque no queremos ser esclavos de pensamientos que se opongan a nuestra realidad en devenir. Pero esta reflexión pos-metafísica no debe ser entendida como un movimiento compensatorio contra un supuesto exceso de algo –como por ejemplo del mundo inteligible en relación con lo sensible. El mundo de la physis es más antiguo que el descenso del logos a los cuerpos, por ser natural e históricamente más poderoso. A la realidad se la ha querido despojar de su valor, en la medida en que la metafísica ha fingido un mundo ideal o del ser, a pesar de que éste se ha explicado hasta cómo ser que deviene. El devenir del ser en filosofía se presenta como aquel ser cuya realidad se mezcla con el no ser, por lo que el ser en devenir se limita por el no ser al no agotar la totalidad del ser, y por no considerar la relación primordial del ente en su totalidad o cosmos que une a todas las identidades como devenir.
 
Las identidades no son seres ontológicamente cerrados, sino que su ontología se escribe con minúsculas porque se complementa con el conjunto de entidades que conforman el ente en su totalidad, o cosmos, oponiéndose a la propiedad que Aristóteles atribuye al principio de no contradicción. De acuerdo con el filósofo estagirita, “el carácter común de todos los principios es el ser, la fuente de donde deriva el ser, o la generación, o el conocimiento”.[20] La diferencia de identidades con Aristóteles es la lógica con que el filósofo las construye y que consecuentemente, el ser en tanto ente, se encuentra relegado a concebirse como idéntico a sí mismo, como unidad de aquello percibido, como totalizador de los fenómenos que se nos presentan. De esta forma los principios en Aristóteles funcionan no como reguladores del conocimiento, sino como imperativos con una carga que la física actual no debe arrastrar. Por lo tanto el concepto de “objeto”, tan importante en la física clásica, que responde la idea de un algo uno, idéntico y total, un sustantivo respecto del cual se predica, deja de tener vigencia ante el paradigma del devenir como insurrección de los saberes.
 
El mundo nos parece lógico porque por medio del pensamiento nosotros lo hemos logificado. Nosotros, los humanos, hemos buscado la seguridad, la certeza, la sustancia, la forma, la verdad, y hemos introducido estos postulados a los acontecimientos que se presentan en el devenir como la Verdad o el Conocimiento. “En la medida que no comprendemos eso y que hacemos de la lógica un criterio del verdadero ser, estamos ya en trance de sentar como realidades todas estas hipóstasis: substancia, predicado, objeto, sujeto, acción, etc.; es decir: concebir un mundo metafísico, esto es: un ‘mundo verdadero’ (el, cual no obstante es otra vez el mundo aparente).” (Nietzsche, 2002, 9, 97).
 
Y continúo con Nietzsche:
 
“Si, según Aristóteles, el principio de contradicción es el más cierto de todos los principios, si es el último y el más básico, al que se remite toda demostración; si en él reside el principio de todos los demás axiomas, entonces se debería sopesar con el mayor rigor qué aseveraciones presupone ya en el fondo. ¿O bien, con él se asevera algo concerniente a la realidad, a lo existente, como si ya lo conociéramos por otros medios: es decir que los predicados contradictorios no pueden serle aplicados. O bien, el principio significa que los predicados contradictorios no deben serle aplicados? En este caso, la lógica sería un imperativo, no para el conocimiento de lo verdadero, sino para sentar y disponer un mundo que nosotros debemos llamar verdadero” (Nietzsche, 2002, 997).
 
La visión platónica del mundo se encuentra también representada en la física clásica al fundamentar al ser como lo último de lo real en el mundo de las ideas, por medio de una lógica donde predominan las matemáticas y la geometría, creando conceptos que no sólo dominan lo verdadero de una cosa sino que la atrapan.
 
“Lo que más fundamentalmente me separa de los metafísicos es esto: no les concedo que sea el yo el que piensa. Tomo más bien al mismo yo como una construcción del pensar, construcción del mismo tipo que materia, cosa, sustancia, individuo, número, por tanto sólo como ficción reguladora gracias a la cual se introduce y se imagina una especie de constancia, y por tanto de cognoscibilidad, en un mundo del devenir. La creencia en la gramática, en el sujeto lingüístico, en el objeto, en los verbos, ha mantenido hasta ahora a los metafísicos bajo el yugo: yo enseño que es preciso renunciar a esta creencia”.[21]
 
Los conocimientos de la física para Nietzsche principalmente se los proporcionaron sus vivencias personales, primeramente con la descripción de lo apolíneo y lo dionisíaco en su primer libro publicado, y posteriormente con sus pensamientos sobre la voluntad de poder y el eterno retorno, y en general con toda su obra desde una perspectiva cósmica, aunado a su interés por los avances científicos de su época y que fueron coronados después de su muerte por físicos de la talla de M. Planck que inició el conocimiento de la física cuántica y la mecánica cuántica que permite la discontinuidad completa de las teorías clásicas de la física. Einstein, como buen ratón de biblioteca, posiblemente leyó con atención El nacimiento la tragedia de Nietzsche, y no sería asombroso pensar que desarrollara su teoría de la relatividad con el conocimiento del origen de los valores ante la mesura de los dioses Apolo y Dionisio, misma que podemos observar en el cosmos con el conocimiento del paradigma de la insurrección de los saberes o devenir, con la ayuda de la relatividad y la incertidumbre, esta última que nos enseñó W. Heisenberg con la mecánica cuántica que presenta en sí misma las condiciones para una nueva experiencia diferente de las categorías de la física clásica, del espacio y tiempo regidos por la causalidad y sustancialidad de los entes.
 
Si a las identidades las observamos apolíneas, no llegaremos a lo monstruoso, o sea, no serán entes cerrados, a pesar de que la estructura lógica cuántica impide pensar al ente como se había concebido en la física y la filosofía clásica, y a pesar del teorema de Speaker que explica que el formalismo cuántico disuelve al ente, dando cabida de esta forma a lo apolíneo y dionisíaco de todos los entes que se encuentran en el devenir cósmico, rompiendo con el platonismo y las consecuencias de éste. Deleuze nos dice:
 
“Lo múltiple no está ya sometido a la jurisdicción de lo Uno, ni el devenir a la del Ser. Pero Ser y Uno hacen algo mejor que perder su sentido, toman uno nuevo. Porque ahora lo Uno se dice de lo múltiple en cuanto múltiple (astillas o fragmentos); el Ser se dice del devenir en cuanto devenir. Ésa es la vuelta del revés nietzscheana, o la tercera figura de la transmutación. Ya no se opone el devenir al Ser, lo múltiple a lo Uno (por ser esas mismas oposiciones categorías esenciales del nihilismo). Por el contrario, se afirma lo Uno de lo múltiple, el Ser del devenir. 0 bien, como dice Nietzsche, se afirma la necesidad del azar”[22]
 
Ante el paradigma del devenir como conocimiento, se dificulta la postura de Heidegger sobre la nada, porque siempre habrá un algo en el devenir, una creación unida a todas las creaciones, y no se justifica la metafísica y mucho menos que el hombre y la mujer sean un ser para la muerte. A pesar de los miedos que provoca la incertidumbre del devenir cósmico y una aparente nada después de la muerte, la metafísica no tiene cabida para justificar la existencia del hombre y la mujer, o su pavor de ser mortal, su vulnerabilidad, tratando de ser Dios, imperecedero, trascendental y siguiendo a Heidegger, que considera necesario ese trascender “este trascender es, precisamente, la metafísica; lo que hace que la metafísica pertenezca a la naturaleza del hombre. No es una disciplina filosófica especial y un campo de divagación: es el acontecimiento radical en la existencia misma y como tal existencia”. Heidegger además diría “el Ser nunca es otra cosa que su modo de darse histórico a los hombres de una determinada época”. La metafísica es un dar sentido al estar aquí en el mundo. Para este filósofo alemán no es un trascender suprasensible o un acontecer divino, no hay un Ser supremo en sentido real. La erudición de Heidegger puede ser incuestionable, pero el estudio del ser en estos tiempos del paradigma del devenir, resulta poco práctico ante los avances científicos y filosóficos actuales que no buscan la Verdad con mayúsculas sino enfrentarse a los problemas cotidianos de los humanos, producto del pensamiento en devenir (Heidegger, Qué es metafísica).
 
La metafísica del Ser, en cualquiera de las formas en que se ha planteado en la historia, tiene el mismo error al introducir una falsa realidad como si el acontecimiento llevara en sí algún tipo de obediencia. ¿Cuál es el ser de la justicia, de la forma, de la ley, de la idea, del fin? Los metafísicos separan artificialmente el acontecimiento entre lo que hace y hacia lo que se dirige la acción, obedeciendo a una dogmática metafísico-lógica sin necesidad del hecho en sí (Escritos póstumos, p. 79). De esta forma se han tratado de resolver los problemas de la humanidad, sin resultados, porque no es posible la existencia de una lógica que obedezca a una causa y a un efecto incuestionable, sino todo dependerá de entender la diversidad y lo múltiple que nos presenta el devenir y que sólo admite la mesura del pensamiento para buscar definiciones no dogmáticas.
 
Por medio de la metafísica se ha tratado de quitar valor a la realidad como devenir, al mundo sensible, sustituyéndolo por un mundo ideal o del Ser en forma mentirosa o inocente por falta de conocimiento, que no es posible en la física y en la filosofía del presente y del futuro, por no concordar con el paradigma del devenir como insurrección de los saberes, que se nos presenta en nuestras vivencias y en el conocimiento que ha logrado la humanidad. Dirá Nietzsche: “La historia del ser no es ni la historia del hombre y de una humanidad ni la historia de la referencia humana al ente y al ser. La historia del ser es el ser mismo y sólo eso”.
 
Por lo tanto al ser, como ente en su totalidad o cosmos, sólo podremos concebirlo como afirmación de toda la creatividad que conlleva, en su inmensidad, la verdad en sí. Como devenir, una nueva organización de las ciencias, de la filosofía y una determinación de los valores del futuro[23].
 
La muerte de Dios en filosofía y en la ciencia llegará cuando no se tenga en cuenta al pluralismo o empirismo de la creación de todas las cosas, acabando con la existencia de un Dios único[24] o Centro Ontológico cerrado. En el devenir no puede existir un acontecimiento, fenómeno, palabra y por lo tanto pensamiento cuyo sentido no sea plural o múltiple, que unifique las distintas ciencias para que caminen unidas por el sendero del devenir[25]. Esta unión del conocimiento, filosófica, científica, amará al destino como devenir o amor fati, como la realidad verdaderamente activa, imbuida de conceptos activos capaces de ser mesurados por el poder del pensamiento.
 
El nacimiento del devenir:
 
¿Quién es o quiénes son los padres de la criatura? Mirar a lo lejos por medio de la teología, la filosofía o las ciencias ahora en el siglo XXI resulta diferente que en otros tiempos, sobre todo los que rodeaban a Nietzsche. Aún así, el origen del devenir tendrá demasiados intereses en confundirse (NP), asumiendo la ignorancia del humano frente a la inmensidad de lo que lo rodea, no porque el problema no sea el nacimiento u origen, si no porque la genealogía del devenir sólo puede ser interpretada en relación a los primeros principios, ya sean teológicos, filosóficos o científicos.
 
Asumiendo la pluralidad de interpretaciones sobre la paternidad del devenir, el Philosophos del presente y del futuro, que no es sabio sino amigo de la sabiduría, utilizará y se valdrá de ellas para amalgamar las diversas interpretaciones sobre el devenir y conducirlas a fines superiores, donde la responsabilidad se convierta en la filosofía política de la vida y lo que la rodea en devenir.[26]
 
La genealogía del devenir, concebida por la teología, la filosofía y las ciencias, no sólo es descrita e interpretada, sino que se emiten juicios de valor que se han establecido como paradigmas para el imaginario colectivo, convirtiéndose en diferentes fuerzas que luchan por su hegemonía y su verdad; pluralidad de fuerzas actuando y sufriendo a distancia, siendo ésta el elemento diferencial de cada fuerza. De ahí la necesidad de la mesura que se puede alcanzar por el pensamiento[27], en lugar de que las fuerzas de la teología, la filosofía o las ciencias sean en sí mismas su único objeto y sólo puedan relacionarse entre ellas mismas.[28] A través de la historia, la diferencia interpretativa sobre el origen del devenir la han marcado las jerarquías de las fuerzas hegemónicas. La relación de una fuerza dominante que con su Verdad domina a una colectividad obediente, en lugar de unirse y establecer el paradigma del devenir como insurrección de todos los saberes para enfrentar los retos del presente y del futuro, salvaguardando cualquier Verdad sobre el nacimiento u origen del devenir, que ha sido el origen de “nuestros problemas”.[29]
 
Sin privilegiar ni a la teología, ni a la filosofía y por supuesto tampoco a la ciencia, el devenir en cualquier caso se puede comparar con la tarea de Dionysos, quien llega al cielo con Ariana y su corona de estrellas, formando la constelación surgida del lanzamiento de dados que él mismo tira, mientras danza y se metamorfosea como el dios de las mil alegrías[30]:
 
“La alegría, que es uno de los rasgos más sobresalientes de su personalidad, y que contribuye a comunicarle este dinamismo al que hay que referirse siempre para conseguir el poder de expansión”[31]; “Un rasgo esencial de la concepción que tenemos de Dionysos es el que despierta la idea de una divinidad esencialmente móvil y en perpetuo desplazamiento, movilidad en la que participa un cotejo que a la vez es el modelo o la imagen de las congregaciones o thiases en las que se agrupan sus adeptos”[32]; “Nacido de una mujer, cortejado por mujeres que son la emulación de sus míticas nodrizas, Dionysos es un dios que sigue congeniando con los mortales a quienes comunica el sentimiento de su presencia inmediata, que se inclinan mucho menos hacia ellos de lo que ellos son alzados hasta el, etc.”[33].
 
En oposición a la realidad como devenir, Anaximandro describió la existencia de forma diferente; decía: “los seres se recompensan unos a otros la tristeza y la reparación de su injusticia, según el mandato del tiempo”, considerando así al devenir como una injusticia, a la pluralidad, la diversidad que encierra éste en una suma de injusticias, y que éstas provienen de un ser original “Apearon”, que cae en un devenir, en una pluralidad, en una generación de culpables, de las que reconquista eternamente la injusticia destruyéndolas “Teodicea”. (NP)
 
Realmente, el problema es no ver a la existencia como culpable, ¿es o no es responsable? Sino la existencia, ¿es culpable o inocente? En este caso Dionysos ha hallado su verdad múltiple: la inocencia; la inocencia de la pluralidad, la inocencia del devenir y lo que es. Así, si agrupamos las tesis del origen de la tragedia, quien Nietzsche abandonará o modificará, vemos que alcanzan el número de cinco, según Deleuze:
 
“a) Dionysos interpretado en las perspectivas de la contradicción y de su solución será reemplazado por un Dionysos afirmativo y múltiple; b) La antítesis Dionysos-Apolo desaparecerá en beneficio de la complementariedad Dionysos-Ariana; c) la oposición Dionysos-Sócrates será cada vez menos suficiente y preparará la oposición más profunda Dionysos-Crucificado; d) la concepción dramática de la tragedia será desplazada por una concepción heroica; e) la existencia perderá su carácter todavía criminal para tomar un carácter radicalmente inocente”[34]
 
Nietzsche ve al devenir como amor fati a la inversa de Anaximandro, y ya en su juventud le daba gracias a Dios por haberle dado un corazón que lo llenaba de dicha y de gozo al ritmo de la naturaleza[35], porque ésta se presenta como devenir, no sólo del cuerpo y la tierra, sino del cosmos en su totalidad, uniendo la ciencia y la filosofía para que crezcan juntas en su pensamiento y pueda parir centauros, como una visión dionisíaca del mundo[36], sin perder el compromiso apolíneo, contraviniendo a una gran parte de la filosofía, que hasta ahora no ha sido mucho más que un encubrimiento ontológico.[37]
 
Los filósofos presocráticos conducirán a Nietzsche y, por qué no, a la filosofía del futuro, a una apertura a las ciencias[38] y al paradigma del conocimiento como devenir conforme a las mismas ciencias en el siglo XXI. El racionalismo antiguo de Sócrates o Eurípides, como el racionalismo moderno cartesiano, son fuerzas destructoras capaces de romper la bella ilusión vinculada a la vida instintiva en devenir. El racionalismo inmoviliza y encierra al individuo en las redes de los fenómenos del pensamiento que sustituyen a la verdadera realidad, por lo que el filósofo “portador del pathos de la verdad” no acepta el engaño[39] y Nietzsche es un virtuoso del tránsito fronterizo entre la física y la metafísica.[40] El mar en su inmensidad pareciera caótico, como el devenir, pero ambos se mesuran por medio de lo apolíneo y dionisíaco. El filósofo que está en la verdad, deberá estar con la mirada atenta ante lo monstruoso que rebasa a lo apolíneo con la pretensión de inmovilizar al devenir. De ahí que existan preguntas como las que formuló Kant: ¿Hemos de abandonar el suelo firme de la razón y adentrarnos en el mar abierto de lo desconocido? Y optó por quedarse en el terreno seguro. Nietzsche en cambio se hizo a la mar en el devenir[41] al comprender la posibilidad de la mesura por medio del pensamiento y no el caos que lo destruye todo.
 
En el mar nos enfrentaremos, ante su inmensidad, siempre en perspectiva, lleno de incertidumbre, para llegar a ser lo que somos: ¡los nuevos, los únicos, los incomparables, los que se dan las leyes a sí mismos, los que se crean a sí mismos! Tenemos que ser físicos si queremos ser creadores, y filósofos que estén de la mano de la física y no la desconozcan. Por eso: ¡Arriba la física! Y más arriba todavía lo que nos obliga a ella, nuestra honestidad[42] y nuestra honradez.[43] Ser nosotros mismos será el eterno placer del devenir.[44] Y en el cosmos, el mar en su totalidad, encontraremos, con Nietzsche, que “Todo cuerpo viviente es también un cuerpo físico, pero no todo cuerpo físico es un cuerpo viviente”.[45] O en términos de Heidegger, para Nietzsche todo ser es, un devenir[46]  y para el propio Nietzsche lo que es ontológicamente cerrado, no deviene y lo que deviene no es en esos términos.[47]
 
Desde el siglo XIX, y ahora a principios de un nuevo siglo, ante el pensamiento de Nietzsche la filosofía en unión con la ciencia nos presenta él espectáculo del devenir ante el descubrimiento de la expansión cósmica, cuyo origen o nacimiento se mantendrá incierto frente a las interpretaciones teológicas, filosóficas y científicas. “El frenético y despreocupado astillar y desmenuzar de todos los fundamentos, su disolución en un devenir que siempre fluye y se bifurca, el incansable desenredar e historiar de todo lo que ha sucedido por parte del hombre”[48]. Esto puede ocupar e inquietar al moralista, al devoto, al político y a todos aquellos que tengan la seguridad de sus pensamientos, al no tener presente al devenir como amor fati; sin embargo los que aceptamos este amor podemos divertirnos mirando todo aquello como a través del brillante espejo mágico de un parodista filosófico, en cuya cabeza el tiempo, con claridad y “hasta con vileza” para hablar a la manera de Goethe, hemos tomado conciencia irónicamente de sí mismos.[49] Sin desconocer cualquier interpretación de los primeros principios del devenir, la filosofía enfocada al presente y al futuro de los humanos y de su hábitat, se encontrará en una nueva modalidad filosófica que estará más atenta al conocimiento y a la aplicación del devenir en el pensamiento humano para enfrentar los problemas del día a día y a redefinir desde esta nueva perspectiva conceptos básicos para la convivencia humana, como vida, justicia, ética, responsabilidad, amor; no como pensamientos hegemónicos, sino como pensamientos mesurados para las relaciones humanas[50]. Para lograrlo, entre otras cosas, necesitaremos navegar a través del devenir, sin la ayuda de una Lógica, con mayúscula, que pregone ciertas certezas imposibles de lograr por medio de una causa y un efecto[51], que nos fijan un destino certero, como si se pudiera lograr por medio de deseos.
 
La expansión cósmica, en el río o mar del devenir, como un movimiento universal, no nos ha marcado a través de los tiempos una meta que debería ser alcanzada. Sólo por medio del poder del pensamiento hemos podido crear destinos en otros mundos, como pensamientos hegemónicos que olvidan el rostro del otro que no está alineado al dogma pregonado, justificando el presente con un futuro o el pasado con un presente.[52]
 
Contemplar el universo en la actualidad no sólo impresiona por sus dimensiones, sino por todo lo que podemos contemplar de las cosas creadas, por Dios para los creyentes, por el Big Bang para los no creyentes, o por un motor inmóvil para ciertos filósofos; pero nada ni nadie podría negar las bellas imágenes de lo que se nos presenta en un eterno cambio, sin poder pretender saber lo que allí ocurre, ante nuestra limitación de vivir en un mundo que es fiel reflejo de todo lo demás, donde los dos callejones, futuro y pasado no chocan, corren uno detrás de otro, dando lugar al eterno retorno.[53] Tendríamos que entender al devenir como una mesurada transformación que nos permite, por medio del poder del pensamiento, describir las creaciones que podemos contemplar no sólo ahora, sino a través de 15 mil millones de años de actos creativos provocados por las fuerzas originarias, que hasta el momento no prevén una limitada capacidad de duración, sino sólo se observa un constante devenir plagado de creatividad[54].
 
Heidegger en su crítica a Nietzsche lo describe fidedignamente como si creyera en él, al describir al ente en su totalidad y por lo tanto al mundo como un constante devenir y totalidad de fuerzas, es en sí mismo finito, si hay, sin embargo, y precisamente por ello, infinitos efectos o entes creados. “Esa infinitud de los efectos y los fenómenos no contradice la esencial finitud del ente. Infinito quiere decir aquí tanto como sinfín, en el sentido de “inmensurable”, es decir prácticamente no enumerable”[55].
 
El devenir puede tener algún comienzo, ahora la ciencia lo denomina Big Bang, pero también podrían ser varios Big Bangs, o una divinidad para los griegos o Dios para los cristianos, pero no se le conoce un fin salvo la escatología religiosa. Sin embargo hasta ahora el conocimiento del mundo sensible carece de orden en el sentido de una regulación intencionada desde algún principio del devenir[56], por lo que Nietzsche considera al devenir o fluir de las cosas, “la verdad última” por ser en la que nos encontramos y vivimos.
 
Si para los griegos la consistencia es el modo de entender al ser, se podría decir que el devenir es el ser del universo, a pesar de que la historia del ser es simplemente esa historia, la cual para Nietzsche no tiene importancia. Lo que importa es que el mundo y la vida están en devenir[57] y desde ese conocimiento debemos enfrentar los problemas que nos aquejan como humanidad. Pero para Heidegger lo verdadero en Nietzsche sería entonces incorrección, error, una ilusión, aunque quizás una ilusión necesaria.[58] El fluir o devenir, para bien o para mal, crea una ilusión porque nada podemos detener, pero es una ilusión mesurada y podemos describirla por medio del poder del pensamiento, y con ese mismo poder podemos también comprender al caos. De tal forma que las cosas creadas en el cosmos por las fuerzas del devenir, no son de tal o cual modo, si no que devienen de tal o cual modo.[59]
 
Lo que es, para la filosofía clásica, podría identificarse como identidades en devenir, porque cuando se dice que algo ha sido fijado, que se ha vuelto fijo, algo solidificado, en la realidad del devenir las identidades se transfiguran como una ilusión que siendo la misma siempre es diferente, liberando lo que deviene en su devenir, moviéndose así en el mundo “verdadero”[60], por ser el carácter fundamental del ente en su totalidad o cosmos[61], por tanto del mundo y de la vida.
 
La vida, vivida aquí y ahora junto con sus cambiantes ámbitos, no puede ser negada como real, sin meta ni valor, pero hay la posibilidad de superarlo por medio del poder del pensamiento que no contradice a la realidad, pero nos permite agregar al devenir algo que no existía anteriormente, o sea, diferentes posibilidades, sin que implique ninguna certeza o garantía, por medio de la mesura de lo apolíneo y lo dionisíaco.
 
Pareciera que el devenir dice poco de la realidad. Esto sucede porque se desconoce la estructura del cosmos y por lo tanto del mundo y de la vida. De ahí la necesidad de acercarnos a la ciencia del siglo XXI, y en particular a la física, la química y la biología, que trabajan aceptando el principio del devenir para enfrentar los problemas de los humanos, cosa que la filosofía, la psicología, la medicina, así como cualquier ciencia, debieran hacer en beneficio del conocimiento. El devenir es la esencia de la voluntad del poder y el eterno retorno de Nietzsche, que describe desde la filosofía la estructura del cosmos, partiendo del conocimiento de su propio cuerpo, reflejo de la realidad del todo que se nos presenta como devenir. Dirá Nietzsche que “todo acontecer, todo movimiento es una relación de grado y fuerza dentro del cosmos, de ahí las formaciones complejas que podemos observar en la tierra y en el cielo, y en especial el cuerpo humano capaz de pensar y describir lo que le rodea, convirtiendo al devenir como único y eterno, la radical inconsistencia de todo lo real, como enseñaba Heráclito”[62]. “El acontecer del cosmos y del mundo como lucha de fuerzas creativas y como mesura siempre inestable entre algo y su contrario”[63].
 
 
 
La física en Nietzsche y el siglo XXI
 
Ernest Jünger decía “En verdad, Nietzsche es para mí un gigante que habita ya en el siglo XXI, la era que será de los Titanes”[64], y Hans-Georg Gadamer señalaba la importancia del fenómeno Nietzsche para el alma alemana y para el mundo; narra lo que el hijo de Heidegger, Hermann, le contó sobre la crisis profunda que sufrió su padre, que constantemente manifestaba al decir repetidas veces “¡Nietzsche me ha destruido!”[65].  Nietzsche se adelantó a su tiempo, como lo hizo Da Vinci, y por algún motivo entendió hace más de cien años, por medio de sus vivencias, el comportamiento del cosmos o universo y lo plasmó en su filosofía en una clara cosmovisión. Ante la falta de conocimientos de la física actual, negó que el devenir tuviera un principio, extraño en una persona de su inteligencia, pero comprensible. Si sus vivencias demostraban la realidad en devenir, sus padres habían sido el origen de su devenir, pero no un origen último, porque también había dependido del árbol genealógico de la vida, cuyos principios se retrotraen a 4,000 millones de años y al origen del cosmos o universo, aproximadamente 15,000 millones de años atrás, que tuvo origen el Big Bang. Pero en beneficio de Nietzsche podríamos también suponer que el Big Bang puede depender de otros principios, como lo podría ser Dios o un motor inmóvil, u otra cosa, sin embargo el devenir que nos muestra la realidad física inicia con una explosión cósmica de energía, o en términos de Nietzsche, con los juegos dionisíacos. La energía dionisíaca produce toda la materia del universo, o lo apolíneo, desde estrellas, galaxias, nuestro planeta, la vida, el pensamiento, el lenguaje y las comunicaciones, haciendo un cosmos comprensible por medio de la teoría de la relatividad de Einstein o de Nietzsche, energía-dionisíaco=materia-apolíneo, dioses y conceptos que se complementan por no poder existir lo uno sin lo otro.
 
El cosmos y el mundo alrededor de nosotros están llenos de variedades apolíneas y dionisíacas; diferentes materiales y texturas que han surgido de un simple comienzo: el Big Bang. Los secretos de la creación se han empezado a develar. “Nunca creeré que Dios juega a los dados con el mundo” decía Einstein, sin creerles a Heráclito y a Nietzsche sobre el mundo azaroso del devenir, mesurado y no caótico. Ahora los físicos, los filósofos, teólogos y en general la sociedad, tendrán que luchar con el universo dual. Si el amor fati es el amor al devenir, la voluntad de poder es el producto de la creación del devenir, o sea, todas las cosas que nos rodean, incluyendo nuestra propia creatividad. El eterno retorno es la unión entre el pasado o primeros principios, el presente o instante y el posible futuro, es decir lo mismo pero siempre diferente. Los conceptos de la vida diaria siguen siendo válidos cuando extendemos nuestro conocimiento a estos pensamientos de Nietzsche, o sea al mismo cosmos. Este conocimiento podría ser la tan buscada teoría del todo que buscaban Einstein y muchos otros, la teoría del devenir como amor a los hechos, al destino, donde los instintos creativos del cosmos dan cuenta de todo lo creado en el transcurso de tanto tiempo.
 
Cantidades inimaginables de dinero ha invertido la humanidad en aceleradores de partículas gigantes, con el fin de estrellar átomos unos contra otros para generar explosiones diminutas, produciendo energías-dionisíacas, temperaturas y presiones que imitan las condiciones del Big Bang, primer principio que ha dado origen al devenir con todas sus consecuencias, explosión que conlleva hasta el momento la expansión del universo, expansión que ha seguido su curso en perfecta mesura por más de quince billones de años. Podemos observar, ahora sin la metafísica, los juguetes de Dionisio, con los que juega al azar, por medio de la mecánica cuántica que está basada en el principio de incertidumbre de Heisenberg, viendo una partícula subatómica demasiado pequeña para observarse directamente, que nunca podemos saber con precisión dónde está, pero mientras se mueve traza un camino que podemos intentar predecir y apostar sobre su posición probable. Igualmente, la vida puede trazar un camino, pero sólo sabremos el final en un juego de apuestas. El universo se ha mantenido en equilibrio por alguna razón, de forma mesurada y también todo lo que hay en él, incluyendo la vida y el pensamiento, por medio de la auto-creación difícil de entender, desde donde descubrimos que es un sistema complejo también auto-organizado, algo que sucede como reflejo en la biología a cualquier nivel.
 
Sólo un segundo después de la gran explosión y principio del devenir, éste se encontró con la pieza más crucial y elusiva del universo: la materia oscura que compone el 98% del universo, posiblemente la fuerza reactiva de que nos habla Nietzsche, que se encuentra ante las fuerzas activas que los científicos conocen ampliamente en estos momentos. Esa fuerza o materia oscura podría consistir en pequeñas partículas elementales como los neutrinos, que cruzan el universo a la velocidad de la luz y que cada segundo, cien trillones de ellos, golpean nuestro cuerpo, confrontándose fuerzas activas y reactivas que crean juegos de azar y hacen posible toda la creatividad de nuestro cuerpo y del universo como ente total, los instintos creativos de la naturaleza. Un ejemplo podemos observarlo en la belleza de las galaxias que circulan en forma elíptica, cuya estructura es creada por la invisible influencia de la materia oscura, pero lo interesante será saber cómo guía el camino de las galaxias a través del espacio.
 
En física es importante saber qué es la materia y ésta es todo aquello que posee masa. La masa la podemos simbolizar como lo apolíneo, y está formada por átomos y por iones o partículas. La materia existe en cuatro distintos estados: sólido –que es lo más apolíneo–, líquido –que sería lo más dionisíaco–, gaseoso y plasma, que se encuentran entre lo apolíneo y lo dionisíaco y difieren en cuanto a la energía de las partículas materiales y en la libertad de éstas para moverse una respecto de otra. Los componentes de algo preponderantemente apolíneo o sólido, están unidos por enlaces fuertes y apenas se pueden mover, como podría ser un edificio, una mesa, un cuerpo orgánico, la Luna, Marte y todo lo que podemos calificar como una identidad. Por otro lado los componentes líquidos están unidos por enlaces débiles y se mueven libremente a la manera de Dionisio. La energía dionisíaca es el impulso de la super fuerza creada por el Big Bang, una fuerza que actúa en contra de la gravedad y hace que el universo se expanda, creando una gran fuerza unificadora que se divide en fuerza nuclear fuerte, fuerza nuclear débil y fuerza electromagnética, así como en una fuerza gravitatoria, dando lugar al comienzo del devenir, de la voluntad de poder y del eterno retorno de Nietzsche.
 
El comienzo del devenir
 
Para lo que se encuentra dentro del universo, el tiempo, el espacio, la energía y la materia nacieron aproximadamente hace 15,000 millones de años, con la gran explosión. En sus primeros instantes el universo era extremadamente denso, caliente y contenía pura energía dionisíaca caótica. En fracciones de segundo a partir de la energía y del inicio del proceso de enfriamiento, se crearon numerosas partículas fundamentales, lo que ahora se conoce como materia o masa, dando entrada a lo apolíneo y que mucho tiempo después creó a los átomos.
 
En el inicio la fuerza de la gravedad se separó de las otras tres fuerzas de la naturaleza, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte, en lo que se conoce como la era de Planck. Fuerzas activas de la naturaleza en confrontación con fuerzas negativas también naturales, como la materia oscura, dando inicio a un proceso creativo del propio universo: la afirmación del fluir y al mismo tiempo del aniquilar, por la contraposición de fuerzas, todas inmersas en un devenir donde cada instante y objeto, o identidad, se convierten en algo nuevo y diferente en un eterno retorno, representado simbólicamente como apolíneo o dionisíaco. Impulsos o fuerzas creativas que brotan de la naturaleza misma y se despliegan con su dinámica[66], de modo que todo lo que existe en el universo no es más que momentos inconsistentes de un devenir que produce apariencias apolíneas y dionisíaca mesuradas que podemos describir por el poder del pensamiento. Lo apolíneo siempre ligado a la representación de las identidades estables en el universo, en unión con la energía dionisíaca, capaces de ofrecer la analogía exacta del devenir al crearse y destruirse en forma continua, afectando todo lo que existe como voluntad de poder en el universo[67], como unidad indiferenciada. Así, nuestro mundo y la vida son siempre apariencias interpretadas por nuestras formas de lenguaje, llevadas hasta el amor fati como el amor del destino en devenir, por medio de las representaciones apolíneo-masa, dionisíaco-energía que nos permiten definir la vida como una organización que conlleva un fluir rítmico espontáneo[68].
 
Dioniso es el nombre que, entre los griegos, había recibido la energía elemental de autoafirmación de la vida caracterizada principalmente por la sobreabundancia de fuerzas y la desmesura. Apolo, por su parte, designaría las formas luminosas de la apariencia que seducen al existir, formas que nacen y se sumergen de nuevo en el flujo terrible y anonadante del devenir, o sea, en aquella voluntad de devenir que simboliza Dioniso y que irradia de la profundidad misma del cuerpo[69]
 
No hay duda de que Nietzsche trabajó en un sistema filosófico amplio que buscaba un principio único para el conocimiento y por lo tanto para afrontar la vida, pero no como una metafísica, aún teniendo la necesidad de representar a la realidad en devenir con el uso de un lenguaje simbólico, por no tener en su momento los conocimientos científicos con que contamos en el siglo XXI. Es decir, que su aparente metafísica no es más que una forma justificada de “poesía”[70] pero consciente de que la metafísica era una empresa ficticia digna de ser destruida de una vez por todas. Su eterna resurrección se había convertido en una necesidad constitucional profundamente implantada en la naturaleza humana, como había dicho Porter[71], y esta necesidad es provocada por el miedo, pero no el de los cobardes sino el miedo natural por el fluir del devenir, que mantiene la vida en incertidumbre y por lo tanto al cosmos.
 
 Lo apolíneo y lo dionisíaco, la voluntad de poder y el eterno retorno, en las ciencias actuales empiezan a develarse con la teoría inflacionaria que propone que el universo observable procede de una minúscula parte homogénea del universo originario. Como si quisiéramos inflar un globo empezando a expandirse como una cáscara de nuez, al principio chiquita, millones de veces más pequeña que un protón, provocando por medio de la inflación el aparecer de la materia o masa, lo apolíneo que conlleva lo dionisíaco.
 
En los primeros segundos después de la gran explosión el universo era una sopa de partículas fundamentales y anti-partículas formadas a partir de la energía, mismas que se encontraban y aniquilaban reconvirtiéndose en energía-dionisíaca como si se estuviera construyendo una obra de arte. Recordemos la estética de Nietzsche[72], porque lo que interesaba a Nietzsche era el proceso creativo de una obra de arte, que equivaldría al acontecer en su origen cósmico. Así, al aniquilarse las partículas, queda un residuo de ellas como precursor de toda materia ordinaria del universo, donde empieza el proceso creativo de la voluntad de poder o del universo en sí, de todo lo que se ha creado a través de 15,000 millones de años en él[73].
 
La voluntad de poder es esencialmente creación y destrucción[74] que permite la identidad de lo apolíneo, el proceso no es caótico en su esencia sino mesurado, como comprobamos al observar lo que nos rodea: el sol, los planetas, las estrellas, las galaxias y el cielo en general, como si fuera un mar en calma, sin tempestades. Pero sólo es una ilusión óptica, porque todo se encuentra en el río que conlleva la expansión cósmica o devenir, en un movimiento perpetuo sin un fin específico. Es un camino que forma la obra de arte del universo como ente total y como residencia del hombre, en donde se le abre la verdad como realidad[75], una investigación científico natural de los estados y procesos de todas las cosas que se encuentran en el universo, incluyendo la vida y las causas que los provocan[76]. A la obra de arte, creada por el universo mismo como voluntad de poder de todo lo que ha existido, Nietzsche la comprendió de modo unitario como obra artística[77]. Pero esta monumental obra de arte no ha sido terminada y las partículas elementales sólo son el principio de la materia y de las creaciones que contemplamos. Sólo hay que verla en forma simbólica, porque en realidad es el proceso fenomenológico que ahora nos enseña la física, para de esta forma poder aceptar lo que en un principio Nietzsche tuvo que decir sobre el arte, al considerarlo como la forma suprema de la voluntad de poder[78], no como metafísica, sino como poder creativo natural del devenir.
 
La multiplicidad de fenómenos que crearon el surgimiento de la materia, después del Big Bang, fue provocada por grandes cantidades de energía radiante o fotones, una agitada sopa de quarks, antiquarks y gluones. Asimismo, había un tipo de partículas fundamentales llamadas leptones, en especial electrones, neutrinos y sus antipartículas, que surgían de la energía y se convertían en ella al aniquilarse, y tras medio millón de años, el universo se enfrió lo suficiente como para que combinaciones de energía y partículas creativas formarán los primeros átomos. Angustia terrible en la experiencia que en el instante de la creación del átomo se pudiera salir al encuentro de algo sagrado[79]. El instante estético es uno de esos momentos de dicha que trae una compensación por las luchas y penalidades en la vida y en el devenir cósmico como voluntades de poder[80].
 
El arte en Nietzsche: “A los lectores de mis escritos anteriores quiero declararles explícitamente que he renunciado a los puntos de vista metafísicos en relación con el arte, los cuales en lo esencial dominaban allí: son agradables pero insostenibles”[81]
 
Si se comprende al arte sólo como un símbolo para expresar la realidad, sin que conlleve un pensamiento metafísico, nos puede reflejar la potencia artística o creativa que brota de la naturaleza misma, sin mediación del artista humano (742). Entonces la estética sólo tiene sentido como ciencia natural[82], por consiguiente lo apolíneo y lo dionisíaco son dos fuerzas artísticas equivalentes a la energía y a la masa de la teoría de la relatividad de Einstein, responsables de las diversas formas de creatividad[83] en el cosmos y también se expresan como fuerzas de la naturaleza en el hombre, disponiendo de él, lo desee o no[84]. Estas fuerzas naturales en devenir expanden el universo de acuerdo con la teoría de la relatividad general de Einstein, aumentando su tamaño; el globo o la cáscara de nuez cada vez más se asemeja a un extenso río que desemboca en el mar abierto.
 
 
El tiempo de la materia
 
El largo del río se había extendido en el tiempo por más de cien millones de años luz, los fotones, que son energía, viajaban por el universo y la mayoría de los electrones se ligaba a átomos que con el tiempo formaron las primeras estrellas. Es la dinámica creadora de la naturaleza, la mímesis aristotélica, es decir, el principio de que el arte es la imitación de la naturaleza[85] (746) y la reconciliación del hombre por medio del conocimiento de ésta.
 
El hombre, como hijo pródigo de la naturaleza, encuentra su unidad en devenir por medio de la fuerza de los instintos de lo apolíneo y lo dionisíaco, el universo en su totalidad, la plenitud indómita que se sobrepuja de modo inagotable de aquello que se crea y se destruye a sí mismo[86] (n. 1067). Pero este proceso creativo del universo había tenido con anterioridad una edad oscura, al igual que sucedió al chocar un avión con una de las torres gemelas en Nueva York en 2001, donde tras el caos de la explosión una nube de polvo surgió para dar paso a la creación de los restos de la torre, nube de materia inicial, que posiblemente sea el origen de los objetos a gran escala actuales, como los supercúmulos de galaxias. En el periodo cósmico posterior, la luz de las estrellas inundó el universo y se crearon las primeras estructuras galácticas primitivas, galaxias débiles que existían sólo 500 millones de años después del Big Bang. Nudos de materia condensada y cúmulos precursores muy desarrollados en conjunto fueron la cuna de las primeras estrellas. Para el Nietzsche del siglo XIX significaban, frente a su desconocimiento, una dinámica general de explosiones de centros de fuerza extendida a la totalidad del mundo, una cosmovisión propia de su tiempo que tenía la especial ambición de estar sostenida científicamente[87], donde lo apolíneo y lo dionisíaco se reconciliaban en esos dos instintos creativos, a semejanza de los luchadores de Heráclito (748), que se enfrentan en una lucha eterna en el inmenso río cósmico, lucha que los une y lo separa[88].
 
Mucho antes de la creación de los organismos vivos, los instintos creativos de la naturaleza en su dinámica de existencia y desaparición –o si se quiere de vida y muerte– de las primeras estrellas, crearon nuevos elementos químicos y los dispersaron por el espacio y otros cúmulos protogalácticos. Eran elementos como carbono, oxígeno, silicio y hierro, que se crearon por fusión nuclear dentro de los núcleos calientes de las estrellas, o como el bario y el plomo, que se formaron por las muertes violentas de las estrellas. La segunda y tercera generación de ellas, más pequeñas que las megaestrellas primigenias y formadas a partir del medio interestelar enriquecido, crearon más elementos pesados y los devolvieron al medio interestelar a través de vientos estelares y explosiones de supernovas. La fusión y la desaparición de gas en las galaxias produjeron más mezclas intergalácticas y dispersión. Procesos creativos de la voluntad de poder del cosmos que continúan en la actualidad y que han sido esenciales para la formación de objetos, desde planetas hasta organismos vivos, voluntad de poder que tiende a la totalidad, como esfera de poder creativo no sólo del hombre y de la tierra del hombre, sino también de toda la naturaleza[89], de la confianza hacia el conocimiento del devenir[90] como una insurrección de los saberes en el siglo XXI.
 
La vida en el universo
 
La voluntad de poder es esencialmente creadora, tiene el poder de determinar la relación de la fuerza con la fuerza, es decir, para que cualquier fenómeno en el cosmos exprese relaciones de fuerzas, cualidades de fuerzas y de poder, matices de dichas cualidades, un tipo de fuerza que constituirán las identidades dionisíacas o apolíneas. Por ello la voluntad de poder es esencialmente creadora[91]. El universo como voluntad de poder, creador de identidades en un proceso de fuerzas en devenir, creó a la vida y al pensamiento, al principio como acumulación de simples moléculas orgánicas en una sopa primordial de los primitivos océanos terrestres, reacciones químicas deviniendo en moléculas, estimuladas por energía eléctrica proveniente de tormentas de rayos, compuestos orgánicos que reaccionaban durante millones de años creando moléculas de mayor tamaño y complejidad. Hasta que surgió una capaz de copiarse a sí misma, haciéndose más numerosa y provocando mutaciones, creando luego variantes más sofisticadas hasta convertirse en células precursoras de la vida en la tierra. De ahí que la ciencia moderna sea capaz de interpretar las relaciones reales entre las fuerzas creadoras bajo tres aspectos: sintomatología, tipología y genealogía. La primera al interpretar las fuerzas como síntomas, cuyo sentido deberá buscarse en la fuerzas que los producen; la segunda desde el punto de vista de su cualidad, dividiéndolas en activas o reactivas y la última al valorar el origen de las fuerzas[92], uniendo necesariamente a la filosofía y a la ciencia y al filósofo del futuro.
 
El filósofo, en cuanto tal, es sintomatologista, tipologista y genealogista. La trinidad nietzscheana del filósofo del futuro: filósofo médico: que interpreta los síntomas; filósofo artista: que modela los tipos, y filósofo legislador: que determina el rango, la genealogía[93], validando a la filosofía y a la ciencia de la actualidad para enfrentar los problemas y retos de la vida, dejando atrás el triste balance de una ciencia y filosofía que no tuvieron al amor fati como amor a los hechos y al destino en devenir, porque usaban conceptos pasivos, reactivos, negativos que interpretaban a los fenómenos del cosmos y de la vida a partir de las fuerzas reactivas[94]. No hacían valer, por ignorancia, los orígenes y la genealogía de las fuerzas creadoras y destructoras del cosmos como voluntad de poder. El universo se afirma en el devenir, al ente en su totalidad se le aplica un solo devenir, es el ciclo y el todo universal, para que el conocimiento ahora parta de un amor fati, de la voluntad de poder y del eterno retorno, uniendo a la ciencia y a la filosofía para siempre.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LA VIDA COMO DEVENIR.
 
La filosofía de Nietzsche concuerda con los conocimientos actuales de física, química y biología, pero más aún con la mayoría de los discursos de cualquier materia del conocimiento humano, que en forma inocente o no, se niegan a reconocer la influencia que en estos tiempos de la humanidad tiene el pensamiento de este titán. El carácter perspectivista de la voluntad de poder -la percepción de lo múltiple- le permite a Nietzsche una argumentación fundada sobre la diversidad de interpretaciones[95].
 
Como la cosmovisión de Nietzsche partía del conocimiento de su propio cuerpo, entre los años 1881 y 1883 decidió acercarse a las teorías celulares de su época (que en los siglos XX y XXI han dado lugar al conocimiento de una macromolécula como el ARN -producto de reacciones químicas impulsadas por energía-, así como del descubrimiento por parte de James Watson y Francis Crick de la estructura del ADN -compuesta del ácido nucleico y una doble hélice-). Para la química la vida será un sistema autosuficiente, capaz de experimentar una evolución. Pero la vida como milagro químico ante una naturaleza indiferente que combina las piezas al azar en estructuras apolíneas y sin olvidar su complementación dionisíaca, se contempla como un prodigio en presencia de la inmensidad del cosmos que dificulta nuestras creencias y nuestra posición frente a la magnitud de lo que nos rodea, sin embargo, existimos, pensamos y conocemos nuestra circunstancia.
 
Nietzsche lee y relee el libro Der Kumpf der Theíle int Organismus de W. Roux, quien será fundador de la investigación experimental sobre el desarrollo, la llamada “mecánica del desarrollo”[96]. Y se dará cuenta que las células no dependían de ellas mismas sino que su identidad estaba influenciada por el ente en su totalidad como voluntad de poder, rompiendo ya así con la Ontología del Ser, con la decadencia de la cultura y con todo aquello que pretendiera inmovilizar a la vida y al pensamiento. Todo cuerpo orgánico o inorgánico es una dinámica organización apolínea y dionisíaca que tiene la capacidad de autorregularse. La vida, al igual que el mismo cosmos, se caracteriza por un elevado grado de estructuración - a pesar de que la termodinámica requiera que el universo se mueva en una dirección en la que aumente el desorden. El ente en su totalidad o cosmos (como voluntad de poder creadora) requiere de la fuente de energía originaria para el proceso de organización del todo y de cada identidad o grupo de identidades, de ahí que el poder de la energía originaria dionisíaca mantenga la vida y que la misma vida para su existencia pueda combinar y consumir entre otras cosas oxígeno, hidratos de carbono y grasas. Roux postulaba ya en el siglo XIX la idea de autorregulación y la idea de un proceso de adaptación funcional[97], pero como un proceso de luchas desde un punto de vista mecanicista. Nietzsche incorporará muchos de los conocimientos de Roux a su filosofía[98] considerando la lucha como una forma de ganar espacio y alimento, por tanto destrucción o asimilación de lo más débil, de tal manera que todas las identidades simples o grupales tendrán el carácter de organizaciones configuradas como estructura de dominio[99], pero no autónomas, pues toda identidad surge de la diversidad que acompaña a lo apolíneo y dionisíaco en devenir que sólo quiere autoconservarse[100], y que en química supone una naturaleza donde existan reacciones acopladas para la existencia de identidades -como podría ser la vida-; se establece pues una serie de reacciones químicas que se entrecruzan facilitando tanto la adaptación como la evolución.
 
En el caso de la vida el entramado de reacciones químicas debe crecer y reproducirse para sobrevivir y desarrollarse en una lucha por el espacio y el alimento, por una voluntad de vivir. Pero una vez establecidas las identidades independientes podrán seguir diferentes trayectorias evolutivas y competir entre sí por las materias primas. El conocimiento de las fases iniciales del proceso que condujo a la aparición de la vida, solamente es un paso para la investigación de los sucesos específicos que condujeron hasta los organismos basados en el ADN, ARN, proteínas y a todo lo relacionado con el advenimiento repentino de una macromolécula autorreplicante extremadamente improbable en la infinitud del ente en su totalidad o cosmos como voluntad de poder. La hipótesis que basa el origen de la vida en un sistema de moléculas impone un suministro de energía-dionisíaca, una reacción impulsora acoplada a ese suministro, un metabolismo que incluya esa reacción y un mecanismo sencillo de reproducción, o sea unos requerimientos que son comunes en la naturaleza.
 
Comprender al cosmos como voluntad de poder creadora de innumerables fenómenos (entre los que se encuentra la vida como una organización apolínea en lucha con otros centros de fuerza en función de sus desigualdades para el dominio y la existencia como un esfuerzo de voluntad) se convierte en amor fati, o sea, en amor a nuestro destino en devenir[101]. Una identidad como voluntad de poder se contrapone a otra que se le resiste para transformarse por medio de la aniquilación o la absorción con miras a un aumento de su poder: Todo organismo vivo y en especial el ser humano quieren un plus de poder porque también son voluntad de poder[102].
 
 “La gran confusión de los psicólogos consistía en que habían distinguido estas dos especies de placer, la del dormirse y la de la victoria. Los agotados quieren tranquilidad, distensión de los miembros, paz, calma -es la felicidad de las religiones y filosofías nihilistas. Los ricos y vivos quieren victoria, adversarios vencidos, desbordamiento del sentimiento de poder sobre ámbitos más vastos que antes. Todas las funciones sanas del organismo tienen esta necesidad -y el organismo entero, hasta a la edad de la pubertad, es un tal complejo de sistemas que luchan por el crecimiento de sentimientos de poder”[103].
 
Pero esta lucha por el poder es producto de la mesura ante el caos de las organizaciones apolíneas-dionisíacas que ha creado el ente en su totalidad como voluntad de poder en continuo movimiento de transformación, de tal forma que cada identidad en devenir será una estructura que procurará la dominación para su existencia.
 “La sucesión invariable de ciertos fenómenos no demuestran una “ley”, sino una relación de poder entre 2 o varias fuerzas. Decir: “pero precisamente esa relación permanece igual a sí misma” no significa más que: “una y la misma fuerza no puede ser también otra fuerza”.-- No se trata de un uno después de otro, sino de un uno en otro, de un proceso en el que los momentos singulares que se siguen no se condicionan como causas y efectos”[104].
 
Relación de fuerzas que establece una diferencia y cuyo modelo último lo encuentra Nietzsche en el cuerpo, y las ciencias modernas ahora en la interdependencia de los órganos y de los instintos o en cualquier ente en el cosmos con una jerarquía en sus funciones. “Diferencia entre funciones inferiores y superiores: jerarquía de los órganos e instintos, representada por los que mandan y los que obedecen”[105].
 
 “El mundo de las fuerzas no alcanza ningún sosiego, pues, de otro modo, ya se habría alcanzado, y el reloj de la existencia estaría parado. Por tanto, el mundo de las fuerzas nunca consigue equilibrarse, nunca tienen un instante de quietud, su fuerza y su movimiento son iguales de grandes en todo tiempo”[106].
 
Por eso Zaratustra se da cuenta de que todo ser vivo está inmerso en su voluntad de poder y que de alguna u otra forma cada quien busca su propia superación, porque la vida continúa y se supera a sí misma por el implacable devenir creador[107]. La fuerza natural que da el poder a cada identidad es lo que ahora conocemos como voluntad de poder, de ahí que la lucha entre fuerzas sea entre voluntades de poder también vistas como voluntad de dominio o posesión[108], pero no como egoísmo a ultranza, sino como un egoísmo natural y necesario para la existencia que reconoce a lo Otro como parte de toda identidad, o si se quiere al “nosotros”: miembros del cosmos o compañeros de viaje.
 
En el cosmos las fuerzas no son mecánicas, por eso Nietzsche extendió su pensamiento de voluntad de poder al mundo inorgánico, pudiéndose comprobar en nuestros tiempos que el movimiento cósmico es producto de las fuerzas naturales que conlleva el devenir al crear en forma inocente todo lo que existe en el universo[109]. Dentro de lo inmensurable que es el cosmos se encuentra el cuerpo con vida y pensamiento que también son voluntad de poder con capacidad de describir lo que los rodea y agregar cosas nuevas que antes no han existido. Esto que se traduce en el sentir y el querer de todo ser con vida provoca no un causalismo mecanicista, sino la lucha de una voluntad contra otra[110], de tal forma que el trabajo molecular siempre se está transformando en diversas propiedades particulares, en pluralidad de interpretaciones[111].
 
No se trata de leyes químicas, sino de un entramado de reacciones químicas que provocan la lucha de fuerzas -o de voluntades de poder- que se abren paso para existir[112], pudiéndose mesurar en forma apolínea y dionisíaca por medio de algo duradero: sustancia, cosa, cuerpo, lenguaje, conocimiento, cultura; o sea, en un sinnúmero de formas. Pero aquí cabría la pregunta ¿quién mesura al cosmos? Podemos describirlo en la parte que no se oculta: Dios, la filosofía, la ciencia, el mismo cosmos en forma inocente; en verdad no importa ya, cualquier origen es válido porque nuestra realidad se presenta aceptando nuestro amor fati que no es otra cosa que la aceptación del devenir incierto pero mesurado por medio de lo apolíneo y lo dionisíaco[113], que permite que existan en forma no caótica tanto la mayoría de las cosas que hay en el cosmos como la posibilidad de lidiar con la vida.
 
LIDIAR CON LA VIDA.
 
Suena extraño “lidiar con la vida” en filosofía, pero en realidad ha sido y será la preocupación como eterno retorno para los humanos, porque la vida en devenir se encuentra siempre en movimiento, en acción[114], en perspectiva y no es fácil vivir sin certezas, sin un Dios que guíe nuestro destino para bien o para mal. La acción de cada ser produce consecuencias a cada instante, a veces demasiado diversas, humanas demasiado humanas[115]. La vida se encadena en un mundo interior unido a un mundo exterior, aquel que es padecido por todo ser y que nos muestra a lo “Otro” o al “nosotros”, mesurando la propia vida por medio de lo que hemos llamado pensamientos, anhelos, sentimientos, conocimiento y sorprendentemente ahora en el siglo XXI por la física, la biología, la química y por todo el conocimiento que acepte al amor fati[116]. Se tiene la oportunidad en el “nosotros” y en el “Otro” de abrirnos al conocimiento en devenir como una insurrección a los saberes. Se ha odiado la barbarie en que nos encontramos y hemos padecido a través de la historia[117]: caos que lleva a la destrucción de la vida y lo que rodea a esta, en lugar de la mesura por medio de un nihilismo responsable que mantenga el Sí a la vida, pero a la vida de todos.
 
La humanidad debe concientizarse de las fuerzas reales que se ocultan y se expresan en cada ser o ente, cultura o sociedad, país o Estado, porque cada quien en su conjunto se hará acreedor de las verdades que merece y del valor de esas verdades o creencias[118], provocando así el caos histórico o la mesura para la vida. Si optamos por la mesura se podrían lograr verdades humanas que estén más acorde con nuestras necesidades. En estos tiempos tenemos demasiada experiencia, hemos escarmentado demasiado y se intuye imperioso retirar los velos de verdades que en realidad han sido mentiras que contradicen la realidad del mundo sensible por medio de pensamientos fantásticos[119]. Las verdades teológicas, económicas, políticas, y científicas con las que la humanidad había caminado a través de la historia tendrán que ser redefinidas a pesar de que los dioses se enojen, porque la humanidad estará forzada a lidiar con la vida por medio de una mesura obligada por el fluir constante que nos enfrenta con la apariencia, o sea la necesaria interpretación[120] que se apoyará en lo apolíneo que es lo más cercano a la certezas añoradas, pero impregnadas de lo dionisíaco de la apariencia, de la ilusión que provoca la acción o movimiento como voluntad de poder.
 
Se ha transitado a través de los tiempos por medio de verdades ampliamente queridas y veneradas, tal vez no con maldad general, pero finalmente han sido verdades inamovibles que nos han llevado hasta una barbarie que está poniendo en peligro la vida en general y con ella la existencia de la raza humana. No por la falta de creencia en Dios, sino por imperativos manejados indiscriminadamente por los vigilantes de la verdad[121], ya sean financieros, políticos, científicos o religiosos. Los humanos ahora tenemos que ser nosotros mismos en nuestro mundo apolíneo y dionisíaco, y no representar a las verdades como si fuéramos nosotros ellas mismas, pensando en tratar de desaparecer nuestros propios instintos[122]. Con el nuevo paradigma de conocimiento aceptado como amor fati se adquirirá conciencia de las propias fuerzas de la humanidad y de las personas individuales, este se puede convertir en el camino de la sabiduría, en el momento en el cual el humano se hace capaz de encontrar en sí “una escalera con cien escalones”[123] por los cuales ascender hacia un conocimiento que pueda definir lo que desea como justicia, que pueda hacer justicia de la justicia histórica que proviene de las grandes verdades que han provocado la barbarie que está poniendo en riesgo a la vida y a la humanidad[124].
 
“Nada es verdadero, todo está permitido”[125]. Pero esta frase no entendida como una nueva verdad donde todo se vale, sino como la oportunidad de reencontrar el camino anhelado, no el mundo feliz, sino el que nos permite buscar una responsabilidad compartida para el engrandecimiento de la vida, partiendo de verdades apolíneas que no se vuelvan monstruosas como las verdades históricas -provengan de donde provengan- que han privilegiado la erudición pero que han estado construidas de modo artificial para beneficio de unos cuantos[126]. Las grandes verdades han tenido un trasfondo económico que en lugar de servir a la vida intentan enseñorearse con ella, llegando incluso hasta la consecuencia de una destrucción de la misma[127].
 
 “¿El pretendiente de la verdad? ¿Tú? ¡No, sólo un poeta! Un animal, un animal astuto, rapaz, furtivo que tiene que mentir. Que, sabiéndolo, queriéndolo, tiene que mentir, ávido de presa, enmascarado bajo muchos colores. Para sí mismo máscara, para sí mismo presa. ¿El pretendiente de la verdad? ¡No, sólo necio, sólo poeta! Sólo alguien que pronuncia discursos abigarrados. Que abigarradamentegrita desde máscaras de necio. Que anda dando vueltas por engañosos puentes de palabras, por multicolores arcos iris, entre falsos cielos y falsas tierras, vagando, flotando. ¿Sólo necio? ¿Sólo poeta?”[128]
 
Los grandes recursos humanos han sido manejados por conveniencia por los representantes de las grandes verdades, y ellos se han adherido a la concepción clásica del pensamiento como búsqueda de la verdad y como ejercicio de amor a la verdad. El pensamiento en devenir se aleja de esas verdades -se crea en Dios o no- como un nihilismo responsable para el engrandecimiento de la vida[129]. Nietzsche trabajó incansablemente por un sistema filosófico que comprendiera al ente en su totalidad, analizado al cosmos como amor fati, voluntad de poder y eterno retorno, pudo abarcar a las ciencias y al conocimiento en general, pero sobre todo a cada uno de los ámbitos de la vida[130]. Desde este punto de vista la vida está más allá de las grandes verdades, pero se encuentra dentro del ente en su totalidad o cosmos, o sea, en su verdad, donde cada cuerpo de cada identidad refleja la condición apolínea y dionisíaca y por lo tanto evidencia la mesura para la existencia.
 
NIHILISMO COMO REVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO.
 
Para lidiar con la vida necesitamos conocer la forma en que los humanos hemos reflexionado a través de la historia -pensamientos que han sido para bien o para mal- y analizar si tenemos que seguir especulando como lo hemos hecho tradicionalmente, o si estamos dispuestos a cambiar nuestra manera de pensar en aras de romper con la barbarie que ahora en el siglo XXI, y posiblemente en todos los tiempos, ha estado poniendo en peligro la existencia de la vida, por lo tanto de la raza humana. Nietzsche en forma radical y en consonancia con Bourget interpreta al nihilismo como la lógica de la historia del pensamiento en occidente - y que nosotros ampliamos al oriente[131].
 
Bourget percibe el nihilismo en el siglo XIX como “tormentos de la agonía metafísica”. Ante la insuficiencia de respuestas que beneficien a la sociedad en general y que ahora en el siglo XXI[132] se han vuelto bochornosas por la falta de cultura que se vive tanto en el orden religioso, político, económico y científico, la “voluntad de nada” se presenta como la lógica de un mundo en decadencia y en peligro, como lo advierte el propio Bourget en la literatura al analizar al poeta Baudelaire y al novelista Gustave Flaubert, como lo advierte también al examinar al historiador Renan, y a un filósofo como Taine[133]. Nietzsche dirá en la Genealogía de la moral que la vida a enmudecido, que ya no florece ni crece nada[134], que todo es vano, que todo es indiferente[135], pues se ha llegado a una época de destrucción de todos los credos que se caracteriza por la muerte de los dioses, de todos los dioses, incluyendo a la totalidad de los discursos de poder[136] que desconocen todo lo relacionado con sus periferias. El nihilismo se convierte pues, en un escenario de negación ante el desconcierto que provoca la no creencia en ideologías tradicionales en todos los órdenes, ya sean políticas, religiosas, económicas y científicas[137]. Se advierte hasta nuestros días el vacío y la pobreza de valores y la necesidad de volver a creer en algo, pero ¿en qué?, he ahí la importancia del pensamiento de Nietzsche y de muchos otros como Hans Küng que proponen una transvaloración de todos los valores, o sea, un cambio en la forma de pensar de los humanos que implique una ética mundial o un nihilismo responsable, una aceptación del amor fati, de la voluntad de poder y del eterno retorno, o bien, un asentimiento a la nueva ciencia que da por bueno que tanto la física, la química y la biología en realidad se encargan del estudio del devenir desde el ámbito de su conocimiento.
 
Un nihilista pareciera una persona peligrosa que niega los valores del orden social que ha prevalecido, pero habría que considerar al nihilismo como un movimiento revolucionario que está en contra de lo que ha sucedido a través de la historia, que se traduce en pobreza, falta de oportunidades, egoísmo a ultranza, y una indiferencia que han sido una constante hasta nuestros días y que sólo ha beneficiado a unos cuantos que han vivido o viven en una opulencia grosera frente a lo que le sucede a las mayorías, porque hasta ahora en el siglo XXI todavía se vive en un sistema de esclavitud con diferente nombre[138]. Para los luchadores sociales ser nihilista no significa ser un destructor sólo por serlo, es un compromiso de vida a favor de una transvaloración en busca de otros rumbos de pensamiento[139].
 
A pesar de que el universo no está comprometido con ninguna aventura metafísica, por medio del pensamiento ya San Agustín empleaba la variante nihilianismus para designar a los herejes en el cristianismo, que en este siglo XXI podría interpretarse sólo como un rechazo a una creencia en específico, un nihilismo que no impide creer en otro credo o idea[140] y que desde el siglo XIX se entendía como la destrucción de las evidencias y certezas de una especulación idealista[141]. Aquí también aparece la figura del librepensador nihilista como Nietzsche que piensa a través de toda su filosofía -pero en especial por sus pensamientos de amor fati, voluntad de poder y eterno retorno- en un nihilismo pasivo contrario a la realidad del ente en su totalidad o cosmos[142], y que a Nietzsche le fue influenciado entre otros por alguien como Stirner que negaba y rechazaba todo fundamento que trascienda la existencia originaria e irrepetible de cada ser humano[143].
 
Los humanos en su desconocimiento histórico del ente en su totalidad o cosmos no podrían haber profundizado sobre amor fati, voluntad de poder y eterno retorno, son conocimientos que en este siglo XXI, y posiblemente en el futuro de la humanidad, ayuden a unificar todo pensar para poder enfrentar con un nihilismo responsable la existencia de la vida y de lo que la rodea. Pero esto no podrá ser posible sin el reconocimiento de la necesidad de haber transitado por un nihilismo pasivo que ha permeado la conducta humana a través de los tiempos y que ahora está amenazando a la vida. Lo que hemos llamado valores precedentes y que hemos reconocido como grandes valores e ideales, ahora podemos convenir en que los tuvimos que vivir como nihilismo pasivo para podernos dar cuenta de cuál fue propiamente el valor de esos “valores”[144]. Las certezas y seguridades que pudieran acrecentar el amor, la armonía y el advenimiento de un estado de felicidad para la humanidad no se han logrado, por el contrario se ha llegado en este siglo a una situación de barbarie. Es tiempo ya de aceptar al devenir como amor fati apuntando a un nihilismo responsable para mesurar nuestros instintos apolíneos y dionisíacos[145], sin verdades y valores más allá de nuestra realidad, con finalidades múltiples y cambiantes de acuerdo a las circunstancias.
 
El nihilismo se convierte en una revolución porque es una crítica positiva a los valores supremos que se han pensado, se busca una transvaloración de esos valores[146] (creamos en Dios o no) para que la nueva visión de estos sea basada en el reconocimiento de la voluntad de poder y del eterno retorno[147], posibilitando así que la humanidad se haga responsable de sí misma. El nihilismo pasivo abre la oportunidad para el surgimiento de nuevos pensamientos creativos para mesurar la barbarie en que nos encontramos y que ha sido el carácter fundamental del acontecer histórico tanto en occidente como en oriente[148], que ha degenerado en corrupción, mentira, pobreza, desigualdad, injusticia y tantas otras cosas[149]. El nihilismo pasivo no se convierte en la “nada” sino en una realidad que hay que transvalorar, porque ha sido una manera de pensar que nos permitirá buscar una forma de hacerlo diferente. La esencia del nihilismo no es la simple y absolutamente “nada”, sino una “nada” que merece toda nuestra atención y cuidado[150], porque es un movimiento histórico que no ha traído las consecuencias anheladas, ni en la religión, ni en la política y menos en la economía. Y esta se puede convertir en un nihilismo responsable que mesure a la vida y a la sociedad[151], para que de esta forma el nihilismo no sea simplemente un anhelo hacia la “nada”, carente de fuerza, sino una plenitud esencial de la vida en devenir como voluntad de poder[152].
 
 “El tan popular Lied de Goethe: “Ich hab ´mein´ Sach ´ auf nichts gestellt” significa propiamente que sólo cuando el hombre haya abandonado toda pretensión y haya sido reconducido a una existencia desnuda y despojada, podrá participar de aquella tranquilidad del espíritu que constituye el fundamento de la felicidad humana”.[153]
 
Un nihilismo fundamentalista que promueva la inacción, el quedarse con los brazos cruzados, sin esperanzas, sin la aceptación del “nosotros” o de lo “Otro”, donde el Yo cartesiano se convierta en lo supremo, por tanto, un egoísmo a ultranza que vele sólo para los intereses individuales, también existe y por desgracia se está viviendo ahora más que nunca como una fiereza que pone en peligro a toda la humanidad y al planeta[154]. De ahí que el nihilismo también se vea como ofensa, porque es una severa crítica al comportamiento humano, y más en estos tiempos ante los pocos resultados que ha tenido la humanidad en la administración de los bienes terrenales que han afectado los proyectos de vida de la mayor parte de los seres humanos que han vivido en toda la historia[155].
 
El nihilismo revolucionario no es un dogma, es la creatividad del pensamiento a favor de la experiencia que la humanidad ha adquirido a través de su historia, la aceptación de las consecuencias del amor fati, o sea, nuestro amor a un destino en devenir donde sólo un nihilismo responsable nos pueda mesurar el azar que conlleva la vida[156], proponiéndonos una redefinición de los conceptos de nuestro lenguaje como pudieran ser el de justicia, verdad, amor, ser, yo, fin, y tantos otros que han sido usados como garantía y seguridad de las ideas o ideologías, es decir, un cambio de la forma en que ha pensado la humanidad a través del tiempo, ir hacia un lenguaje que mesure la vida y acepte las interpretaciones en aras y en la búsqueda de un resultado que se desea, lo más apolíneo que se pueda.
 
Este nihilismo responsable será necesario porque busca la transvaloración de los valores ante la disolución de los mismos, que son vividos como una crisis que está consumiendo a los humanos, que se despliega ante los ojos de todos con todas sus consecuencias nefastas dando lugar al terrorismo, al crimen, al robo, a las violaciones, a la corrupción, a los secuestros, y principalmente a la mentira, provocando el caos que se está experimentando en la actualidad. Algo lejano de la mesura que requiere la vida y que de alguna otra forma nos enseña el cosmos como creación[157] -de Dios o sin su intervención-. Dirigirnos no únicamente contra las certezas de los dogmas religiosos sino más aún contra todas las certezas del pensamiento que se han traducido en esclavitud para las mayorías, porque hemos abusado del lenguaje con grandes verdades para que sólo unos cuantos puedan vigilar a los demás y repartirse los privilegios[158].
 
Nietzsche analiza la comprensión filosófica del nihilismo partiendo de sus más lejanas raíces, Grecia con Sócrates y Platón, después pasa al cristianismo y finalmente llega hasta sus días con la decadencia de la cultura alemana. Nietzsche se convierte en un doctor que diagnostica la enfermedad que está poniendo –y ahora más que nunca- en peligro la existencia de la humanidad, o sea, la falta de nuevos valores para enfrentar los retos del presente y del futuro[159]. De ahí la urgencia de mantenernos en la confrontación con la descompostura de la sociedad y las causas que nos están llevando a un caos peligroso para la humanidad[160], a una decadencia de la sociedad vista como nihilismo, mismo que descubrió Nietzsche por medio de las lecturas de Dostoievski y Bourget, y que interpretó como un proceso histórico que decaía[161] porque se sustentaba con valores contrarios al amor fati, a la voluntad de poder y al eterno retorno, que conforman nuestra realidad como ente total o cosmos, como sacrificio por la humanidad “circundada por el centellear de los relámpagos de un mundo que se renueva” -como dijera Tomás Mann[162]. Nietzsche entiende la crisis de su época y vaticina la de nosotros, ahora en el siglo XXI, al asumir la decadencia de los valores tradicionales e invitarnos a transvalorar los valores decadentes con el fin de que los humanos redefinan libremente los valores que desean en tanto humanidad, pero conformes a un destino en devenir[163] que acepta que la humanidad ha tenido que experimentar el nihilismo para entender el mundo actual.
 
Nietzsche nos impele a la acción de buscar nuevos caminos, nuevas formas de pensar acordes con nuestra realidad inocente, él asume su papel de crítico severo del pensamiento histórico, y observa el desgaste y la violencia que son producto de pensamientos decadentes que deben ser reestructurados “ojala recubierto de nueva piel como una cicatriz”[164]. Usando para su crítica no sólo el término nihilismo, sino igualmente y con el mismo objetivo en su obra aparecen los conceptos de pesimismo, decadencia, degeneración vital, voluntad de nada, y posiblemente la que cambió el rumbo de la filosofía: la muerte de Dios[165]. Que pretende romper con todos los discursos hegemónicos donde el centro es el que determina el destino de sus periferias, llámese Ser, Dios, Verdad, Justicia, Rey, Emperador o lo que se ha pensado como grandes verdades para el dominio de las mayorías, y que Nietzsche devela como tal nihilismo no es otro que el siempre tradicional pensamiento de occidente desde Sócrates y Platón[166] y que nosotros extendemos a oriente por arrojar las mismas consecuencias.
 
 “Todo el idealismo de la humanidad tradicional está a punto de transformarse bruscamente en nihilismo -en la creencia en la absoluta falta de valor, es decir falta de sentido (…)”[167]
 
La falta de valor del pensamiento tradicional hasta nuestros días en realidad se podría definir como la historia de los pensamientos de poder a favor de los vigilantes de las grandes verdades, no sólo religiosas sino aquí están incluidas las de los grandes poderes económicos, políticos y científicos, sin más, es la historia de los puntos culminantes de poder.[168]
 
Como si tuviera una bola de cristal, Nietzsche predice la historia de los siguientes dos siglos, hemos podido observar cómo las iglesias se están quedando vacías, convirtiéndose en museos; cómo la barbarie del mundo financiero se colapsa; la política ya sólo representa corrupción y mentira; la ciencia pierde veracidad por su afán lucrativo: todo representa un abandono de los valores tradicionales que se advierten cada vez más vacíos, casi dispuestos a llegar a la “nada” como si no hubieran existido, en un movimiento implacable posiblemente a favor de una transvaloración de todos esos valores porque es difícil ante la anarquía y la barbarie creer en un origen divino o filosófico[169] y menos en las tesis económicas que han demostrado su incapacidad para lograr un bienestar en la sociedad. Quizá por las consideraciones anteriores Heidegger opinaba que probablemente la llegada del nihilismo era inevitable en el pensamiento occidental[170] y Talleyeand, señala hasta qué punto el nihilismo es una realidad[171]. Ahora ya no se tiene una perspectiva privilegiada de ningún ente de poder, sea individual o colectivo, se trata de vivir con la pérdida de cualquier centro y el nihilismo ha hecho florecer este pensamiento y ha evidenciado la crisis que se está viviendo en nuestro tiempo: “el nihilismo nos ha dado la conciencia de que nosotros, los modernos, estamos sin raíces, que estamos navegando a ciegas en los archipiélagos de la vida, el mundo y la historia: pues en el desencanto ya no hay brújula ni oriente; no hay más rutas ni trayectos ni mediciones preexistentes utilizables, ni tampoco metas preestablecidas a las que arribar”[172].
 
“Después de la caída de las trascendencias y la entrada en el mundo moderno de la técnica y las masas, después de la corrupción del reino de la legitimidad y el tránsito al de las convenciones, la única actitud no ingenua es la renuncia a una sobredeterminación ideológica y moral de nuestro comportamiento. La nuestra es una filosofía de Penélope que deshace (analyei) incesantemente su tela, porque no sabe si Ulises retornará”.[173]
 
 
 
LA PERSISTENTE VOLUNTAD DE LOS HUMANOS POR LA SEGURIDAD.
 
El desconocimiento de los centros o la muerte de Dios como pensamientos hegemónicos (a pesar de la crisis que está poniendo en peligro a la humanidad) no son fáciles de transvalorar porque la gente prefiere un puñado de certezas a un mundo de posibilidades conforme a nuestra realidad en devenir[174]. Pero esta voluntad de verdad es nihilismo porque apoya lo indefendible -no importando si existe Dios o no- al perseguir certezas que buscan anular la desesperación y el miedo a la incertidumbre natural de la vida; una ambición metafísica para no perder los valores tradicionales[175]. Seguir con Platón y los dogmas, con lo suprasensible[176], con pensamientos fijos que garantizan la existencia, pero que van en contra de la inseguridad de un mundo en apariencia, en ilusión no es la mejor ni la única respuesta, porque aquella se pueda mesurar por el pensamiento en devenir acercándonos a los pensamientos apolíneos que están cerca de nuestros anteriores sueños[177], o sea, un mundo que esté próximo a las seguridades ambicionadas y dentro de la realidad del ente en su totalidad o cosmos… Por lo tanto la veneración de las grandes verdades o seguridades para la vida se pudieran convertir en una ilusión que pasó en el tiempo[178].
 
El nuevo rumbo que se pretende se aleja de todo parálisis o momificación del pensamiento, del cuerpo, de los sentimientos, de las pasiones, de la tierra y por lo tanto del cosmos como ente en su totalidad[179], porque la acción, el movimiento que expande el cosmos, nos muestra la necesidad de aceptar como conocimiento al amor fati, a la voluntad de poder y al eterno retorno[180] no como una gran verdad nueva sino como un fenómeno, como pathos.
 
La historia de los humanos ha desconocido que plantearse la voluntad de certeza[181] como garantía de la verdad nunca podrá instaurarse como la solución a los problemas para la vida, por el contrario se los ha acrecentado y he aquí que en estos tiempos finalmente vemos la llegada de un nihilismo revolucionario que pretende una transvaloración de los valores tradicionales ante la desilusión de los mismos. La certeza no se debería ver como un dogma sino como una verdad en devenir, sin ataduras frente a la interpretación, un fenómeno en devenir que se funda en la conciencia[182].
 
 
 
 
 
 
 
 
 


[1] Friedrich Nietzsche. Ecce Homo. Madrid: Alianza, 2005.p.134
[2] Heidegger. Nietzsche. España: Destino, 2005.p.376
[3]Rüdiger Safranski. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Barcelona: Tusquets, 2002.p.242
[4] Ibíd. p.227
[5] Ibíd. p.217
[6] Ibíd. p.216
[7] Ibíd. p.228
[8] Metafísica, A 3. 1070-8
[9] Metafísica. Aristotelis comm
[10] Nietzsche. Segunda consideración intempestiva. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2006.p.132
[11] Ibíd. p.127
[12] Giuliano Campioni. El “terrible sentimiento del desierto”. El nihilismo en Nietzsche.p.1
 
[13] Nietzsche. Segunda consideración intempestiva.Op. cit.p.24
[14] Ibíd. p.30
[15] Nietzsche. Crepúsculo de los ídolos. Madrid: Alianza, 2004.p.23
[16] Safranski. Op. cit. pp.26, 81, 82
[17] Mónica Cragnolini. Moradas Nietzscheanas. Argentina: La Cebra, 2006.p.111
[18] Peter Sloterdijk. El pensador en escena: el materialismo de Nietzsche.Valencia: Pre-Textos, 2000.p.72
[19] Franco Volpi. El nihilismo. Madrid: Siruela, 2007.p.175
 
[20] Metafísica, 1013, 1016-18
[21] Heidegger. Op. cit.p.35
[22] Deleuze. Nietzsche. Madrid: Arena, 2000.p.44
[23] Deleuze. Nietzsche y la filosofía. Barcelona: Anagrama,1994.p.10
[24] Nietzsche.La genealogía de la moral. Madrid: Alianza, 2006.p.12
[25] Ibíd. Nota final
[26] Nietzsche. Así habló Zaratustra. “Sobre el amigo”. Madrid: Alianza, 2004.
[27] Nietzsche. El nacimiento de la tragedia. Madrid: Alianza, 2002.
[28] Karl Marx. Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro. México: Editorial Sexto Piso, 2004.
[29] Nietzsche. Ecce homo. Op. cit.Prefacio, 7
[30] H. Jeanmaire, Dionysos. Histoire du culte de Bacchos, Paris: Ed. Payot, 1978.
[31] Ibíd.p.27
[32] Ibíd.pp.273-274
[33] Ibíd.p.339
[34] Deleuze. Nietzsche y la filosofía. Op. cit.p36
[35] Mazzino Montinari. Lo que dijo Nietzsche. Barcelona: Salamandra, 2003.p.36
[36] Nietzsche. El nacimiento de la tragedia. Op. cit.p.12
[37] Sloterdijk. Op. cit.p.85
[38]Campioni. Nietzsche y el espíritu latino. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2004.p.36
[39] Ibídem
[40] Safranski. Op. cit. p.23
[41] Ibíd.p.374
[42] Nietzsche. La ciencia jovial. México: Colofón, 2001.p.311
[43] Safranski. Op. cit. p.311
[44] Nietzsche. Crepúsculo de los ídolos. Op. cit.p.144
[45] Heidegger. Op. cit. p.97
[46] Ibíd.p.20
[47] Nietzsche. Crepúsculo de los ídolos. Op. cit.p.51
[48] Nietzsche. Segunda consideración intempestiva.Op. cit.pp.122-123
[49] Ibídem
[50] Nietzsche. La ciencia jovial.Op. cit.p.31
[51] Nietzsche. La Voluntad de poderío. Madrid: EDAF, 1994.p.345
[52] Ibíd.pp.387-388
[53] Heidegger. Op. cit.p.253
[54] Ibíd.p.280
[55] Ibídem
[56] Ibíd.p.287
[57] Ibíd.p.437
[58] Ibíd.p.438
[59] Ibíd.p.439
[60] Ibíd.p.492
[61] Ibíd.p.521
[62] Diego Sánchez Meca. Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo. Madrid: Tecnos, 2005.pp.141-142
[63] Ibíd. pp.142-143
[64] El último chamán, p. 35
[65] Ibíd. p.46
[66] Sánchez Meca, Diego. Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo. Madrid: Tecnos, 2005.pp.29-30
[67] Ibíd. p.31
[68] Ibíd. pp.62-63
[69] Ibíd. p.141
[70] Santiago Guervos, Luis. Arte y poder. Madrid: Trotta, 2004.p.188
[71] Ibídem
[72] Ibíd. p.201
[73] Heidegger. Nietzsche. España: Destino, 2005.p.42
[74] Ibíd. p.75
[75] Ibíd. p.86
[76] Ibíd. p.93
[77] Ibídem
[78] Ibíd. p.133
[79] 1, 453; WB
[80] Safranski, Rüdiger. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Barcelona: Tusquets, 2002.p.110
[81] Ibíd. p.142
[82] Luis Santiago Guervos. Arte y poder. Op. Cit. p.231
[83] Ibíd. pp.231-232
[84] Ibíd. p.232
[85] Ibíd. p.233
[86] Heidegger. Nietzsche. Op. Cit. p.454
[87] Ibíd. p.512
[88] Luis Santiago Guervos. Arte y poder. Op. Cit. p.235
[89] Rüdiger Safranski. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Op. cit. p.308
[90] Campioni, Giuliano. Nietzsche y el espíritu latino. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2004.p.50
[91] Deleuze, Gilles. Nietzsche y la filosofía. Barcelona: Anagrama, 1994.p.121
[92] GM, I, nota final
[93] Cfr. NP; VP, IV
[94] GM, I,2
[95] Fragmentos póstumos 1885-1886, I (120).
[96] “Voluntad de poder e interpretación como supuestos de todo proceso orgánico” Diego Sanchez Meca. En: ¿Nietzsche ha muerto? Memorias del congreso internacional. México: Ediciones Hombre y Mundo, 2009.
[97] Ibidem.
[98] Como lo hacen saber los fragmentos póstumos de 1883.
[99]  Sánchez Meca, Diego. Op. cit.
[100] Fragmentos póstumos 1883, 7(93).
[101] Sánchez Meca, Diego. Op. cit.
[102] Ibidem.
[103]Fragmentos póstumos 1888, 14 (174).
[104] Fragmentos póstumos 1886, 2 (1° 39).
[105] Fragmentos póstumos 1884, 27 (24).
[106] Safranski, Rüdiger. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Barcelona: Tusquets, 2002. p. 240.
[107] Montinari, Mazzino. Lo que dijo Nietzsche. España: Salamandra, 2003. p. 123.
[108] Ibidem.
[109] Ibíd., pp. 125-126.
[110] Ibíd., p. 126.
[111] Nietzsche. La Voluntad de poderío. Madrid: EDAF, 1994. p. 343.
[112] Ibíd., p. 346.
[113] Ibidem.
[114] Ibíd., p. 348.
[115] Ibíd., p. 347.
[116] Nietzsche. El nihilismo: Escritos póstumos. Barcelona: Península, 2000.  pp. 108-109.
[117] Montinari, Mazzino. Op. cit., p. 98.
[118] Nietzsche. La ciencia jovial. Caracas: Monte avila, 1992. pp. 32-33.
[119] Ibíd., p. 69.
[120] Sloterdijk, Peter. El pensador en escena: el materialismo de Nietzsche.Valencia: Pre-Textos, 2000. p. 91.
[121] Ibíd., p. 116.
[122] Heidegger. Nietzsche. España: Destino, 2005. p. 410.
[123] MA 292.
[124] Campioni, Giuliano. Nietzsche y el espíritu latino. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2004. p. 49.
[125] Ibíd., p. 102.
[126] Ibíd., p. 158.
[127] Safranski, Rüdiger. Op. cit., p. 253.
[128] Sanchez Meca, Diego. Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo.Madrid: Tecnos, 2005. p. 98.
[129] Ibíd.,  p. 380.
[130] Santiago Guervos, Luis. Arte y poder. Madrid: Trotta, 2004. p. 188.
[131] Volpi, Franco. El nihilismo. Madrid: Siruela, 2007. p. 59.
[132] Campioni, Giuliano. El “terrible sentimiento del desierto”. El nihilismo en Nietzsche., p. 7.
[133] Ibidem.
[134] GM III, 26.
[135] Campioni, Giuliano. El “terrible sentimiento del desierto”. El nihilismo en Nietzsche., p. 7.
[136] Ibíd., p. 8.
[137] Volpi, Franco. Op. cit., p. 14.
[138] Ibíd., p. 18.
[139] Ibíd., p. 19.
[140] Ibíd., p. 21.
[141] Ibíd., p. 24.
[142] Ibíd., p. 34.
[143] Ibíd., p. 37.
[144] Ibíd., p. 63.
[145] Ibíd., p. 65.
[146] Heidegger. Op. cit., p. 36.
[147] Volpi, Franco. Op. cit., p. 68.
[148] Heidegger. Op. cit., p. 36.
[149] Ibidem.
[150] Ibíd.,  p. 566.
[151] Ibíd.,  p. 567.
[152] Ibíd.,  p. 599.
[153] Volpi, Franco. Op. cit., p. 38.
[154] Ibíd.,  p. 44.
[155] Ibidem.
[156] Ibidem.
[157] Ibíd.,  p. 45.
[158] Ibíd.,  p. 46.
[159] Ibíd.,  p. 47.
[160] Ibíd.,  p. 53.
[161] Ibíd.,  p. 73.
[162] Ibíd.,  pp. 86-87.
[163] Ibíd.,  p. 88.
[164] Ibíd.,  p. 122.
[165] Nietzsche. El nihilismo: escritos póstumos. Op. cit., p. 11.
[166] Ibíd., p. 17.
[167] Ibíd., p. 59.
[168] Ibíd., p. 69.
[169] Nietzsche, 1988: XIII, 56-57; Itinerarium mentis, p.2.
[170] Itinerarium mentis, p. 9.
[171] Ibíd., p. 9.
[172] Ibíd.,  p. 10.
[173] Ibidem.
[174] Nietzsche. Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, 2005. p. 31.
[175] Ibidem.
[176] Heidegger. Op. cit., p. 77.
[177] Volpi, Franco. Op. cit., pp. 201-202.
[178] Nietzsche. La voluntad de poderío. Op. cit., n. 602; Heidegger. Op. cit., p. 401.
[179] Cragnolini, Mónica. Moradas Nietzscheanas. Argentina: La Cebra, 2006. p. 18.
[180] Heidegger. Op. cit., p. 440.
[181] Ibíd., p. 707.
[182] Ibíd., p. 861.
 
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